Un viaje inolvidable al país del Sol, que despliega un territorio singular donde laten huellas de misteriosas civilizaciones, exuberantes viñedos y un oasis de ensueño
El viento golpea ferozmente sobre los acantilados que permiten asomarse a la costa peruana. Allá a lo lejos, un horizonte desértico define el silencio, el vacío; pero tan solo tendremos que avanzar unos kilómetros más para advertir que esa sospechada ausencia es tan solo una ilusión. Un oasis irreal, figuras grabadas en la tierra y un conjunto de islas e islotes habitados por una abundante fauna marina, dan forma a la región de Paracas, famosa por esconder entre sus piedras una valiosa cultura. «Un total de 2.800 kilómetros de desierto que se une con el de Atacama, en Chile» explica Carlos Díaz, guía local desde hace más de 20 décadas y encargado de trasladar a los participantes del circuito Dakar realizados en Perú.
Contemplando el mar resulta curioso pensar que, hace 320 millones de años, cuando todo el continente americano estaba situado mucho más al sur, se extendiera en su lugar una cadena de montañas, la conocida como 'Cordillera de la Costa'. Unas tres horas de conducción, siguiendo la ruta infinita de la Panamericana Sur, separan esta región inesperada de Lima. Un trayecto en el que el paisaje no para de mutar para volverse cada más árido y con los colores más vivos. También la luz se siente más intensa. Tal vez estas características motivaran que florecieran aquí avanzadas civilizaciones creadoras de desconcertantes símbolos, los cuales aún hoy resultan indescifrables.
El camino atraviesa suaves llanuras desérticas hasta desembocar en el océano, donde los ocres y marrones se vuelven azules. El viento ruge furioso estrellándose contra enormes farallones que dan paso a playas de distintos colores y formaciones rocosas insospechadas, como La Catedral, un gigantesco monolito esculpido por las fuerzas de la naturaleza. Este territorio, de más de 335.000 hectáreas, fue el primero marino-costero del país en ser protegido bajo el nombre de Reserva Nacional de Paracas en 1975. A pesar de acabar de celebrar su 50 aniversario, sigue conservando intacta su esencia desde tiempos remotos.
Fue entre los años 700 a. C. y 200 d. C. cuando una de las sociedades más sofisticadas del antiguo Perú desarrolló aquí la cultura Paracas, conocida por sus elaborados rituales, tradiciones alfareras, textiles de gran complejidad, avanzados conocimientos médicos y conexión con el cosmos. Para ahondar en su historia resulta imprescindible visitar el Museo de Sitio Julio C. Tello, bautizado así en honor al padre de la arqueología peruana, un médico que, tras basar su tesis en los restos óseos encontrados en antiguos cementerios de la sierra central, empezó a interesarse por esta ciencia.
Sus diversas excavaciones organizadas en la península de Paracas, le llevarían a hallar cientos de fardos funerarios compuestos por múltiples capas de textiles. Elaboradas con algodón, fibras vegetales y tintes minerales, sirvieron para desvelar los grandes conocimientos tecnológicos de la época. En las modernas salas del museo también es posible descubrir otras curiosidades de esta sociedad, como la deformación intencional de cráneos con la finalidad de alargarlos, una práctica llevada a cabo en muchas culturas antiguas durante la infancia con el propósito de marcar un estatus social. No obstante, esta antigua costumbre sigue generando muchas dudas a día de hoy. Algunos especulan que se tratase de un posible contactos con seres avanzados o, incluso, de intentos de imitar a entidades superiores.
Viento muy fuerte del Pacífico es el significado de Paraca, una condición perpetua en este desierto sagrado frente al mar. La visita es la mejor antesala a las Islas Ballestas, uno de los ecosistemas marinos más fascinantes de Sudamérica, declarado Reserva Nacional en 1975. Las lanchas para recorrer sus 33 islotes parten cada mañana desde el colorido puerto de Paracas o desde el muelle del Hotel Paracas, donde se aconseja realizar una pausa al regreso para degustar sus sabrosos ceviches de pescado y marisco. Las rocas que componen las islas y peñones de las Ballestas están blanqueadas por siglos de guano, los excrementos de las aves marinas que, en el siglo XIX, fueron el motor de la economía peruana, exportándose como fertilizante natural a Europa y Estados Unidos.
En el caso del 'Candelabro', la silueta se observa mejor desde el mar, por lo que una de las teorías de su creación es que sirviera como faro para navegantes, aunque también caen sobre él muchas otras especulaciones, entre las que figuran que se tratase de una representación de la Cruz del Sur, que estuviera relacionado con el dios Viracocha o que fuera un símbolo masónico. Sea como fuere, muchos prefieren no investigar más de la cuenta para que el aura misteriosa siga presente. Lo mismo sucede con las dudas que genera su perfecta conservación, a la que los locales responden sin titubear que se debe a las escasas lluvias del lugar. Mientras las aves sobrevuelan este misterio rumbo a las Islas Ballestas, el territorio sigue desempolvando enigmas.

